- Zahara -


Treinta y tres días con sus treinta y tres noches. Ni más ni menos. El llanto de mi vecina de arriba lleva escapándose desde aquel portazo definitivo. Tenía la vida enquistada en la boca del estómago, toda ella era grito insano, longevo, conservado al calor de su bata de guata. Era el enésimo abandono de su triste existencia. No le pilló por sorpresa, ya no, era maestra en desapegos y ausencias. Encendió el televisor de la cocina y siguió con la faena como si tal cosa. Partía cebolla y atendía por el rabillo del ojo el programa de testimonios, lágrima fácil. Curtida en silencios y lejos de intuir las razones lacrimógenas, prosiguió con su guiso de patatas con carne. Desde entonces han pasado treinta y tres días con sus treinta y tres noches. Ni más ni menos. Espero que el desahogo se le acabe pronto, el techo de mi casa comienza a mostrar humedades.
Fotografía tomada aquí.

“(…) Y a mí misma me digo
el cansado ritual:
«Yo soy la secretaria
ideal»”.
- Mario Benedetti -

La profesión me encontró despistada. Desayunaba y pulsé inscribir mientras apuraba el cuenco de cereales. Entonces era invierno de gruesos calcetines y suelo de madera.
Varios julios más tarde supero la frontera del torno y mis pasos, domesticados con tiritas, me conducen a pulsar el siete del ascensor. Tras haber recogido la cosecha de periódicos del día, compruebo fugazmente cómo mi correcto vestuario al menos permite que algún que otro pedazo de piel soleada asome a la sazón. El brillo de labios colorea los buenos días y la sonrisa ideal deja atrás todos los ideales de invierno y calcetines.
Mi jefe gobierna intramuros. Comienza el día. Suspiro.
Fotografía tomada aquí.
- El primer día del resto de mi vida -